El estrés hace referencia a una respuesta adaptativa del organismo ante las demandas a las que se ve expuesto. Se convierte en un factor negativo cuando se activa con mucha frecuencia, durante mucho tiempo o de una forma muy intensa. Y ¿qué hace que una situación sea estresante? Que sean impredecibles, incontrolables, que la persona perciba una falta de apoyo social y el modo de afrontar la situación.
Tenemos que considerar el estrés como una respuesta necesaria y adaptativa ante ciertas situaciones y que nos prepara para afrontar un desafío. Nuestra reacción se ajusta al nivel de amenaza o peligro y es integral, es decir, se da a nivel fisiológico, emocional y conductual.
A nivel físico, se considera que es una respuesta del organismo ante ciertos estímulos que tienen la capacidad de alterar la homeostasis o equilibrio interno. Debemos aquí, diferenciar entre estrés agudo, cuando de repente necesitamos enfrentarnos a un estímulo o situación peligrosa, por ejemplo, si vamos cruzando por un paso de peatones y un coche no frena, deberemos activar todo nuestro organismo y reaccionar de forma inmediata para evitar un atropello; interviene nuestro sistema de alarma o sistema nervioso autónomo y el sistema hipotálamo-hipófiso-suprarrenal, con una reacción que incluye un aumento de la presión sanguínea, taquicardia, aumento del tono muscular, nos vigorizamos, hiperventilamos, nuestro hígado comienza a segregar azúcares, nuestras glándulas suprarrenales comienzan a liberar adrenalina, corticotropina y corticoides; y por otro lado, el estrés crónico, es decir, cuando la situación o estímulo estresante perdura de forma prolongada y, es aquí, donde se mantienen todas esas respuestas fisiológicas de activación de las que hablábamos antes durante un periodo continuado,con lo que podríamos decir que nos cocinamos en nuestros propios jugos.
Aquí el organismo comienza a enfermar y, si esta activación se mantiene lo suficiente, pueden aparecer problemas derivados como ansiedad, alteraciones en el estado de ánimo, malestar o problemas gástricos, y da paso a las enfermedades psicosomáticas, como caída de cabello, problemas dermatológicos, úlceras pépticas, diabetes, hipertensión arterial, …

A nivel psicológico, hablamos de la valoración o evaluación cognitiva que hace la persona de la significación de lo que está ocurriendo, relacionado con su bienestar personal, pudiendo ser valorada la situación estresante como algo que agrava o excede los propios recursos y que pone en peligro el propio bienestar. En este caso, se lleva a cabo una primera evaluación de lo que ocurre para categorizar la situación, bien como amenaza, donde se anticipa un daño que ocurrirá de manera inminente; como daño-pérdida, donde el daño psicológico ya se ha producido y la pérdida es irreparable; y como desafío, cuando la situación puede implicar a la vez una posible ganancia y una amenaza.
A continuación, se lleva a cabo una valoración secundaria, donde se valoran los propios recursos para afrontar la situación, como las habilidades de afrontamiento, el apoyo social y los recursos materiales que tengamos disponibles. y, por último, hay una reevaluación o proceso de feedback, que permite que se produzcan correcciones sobre evaluaciones previas; es decir, después de haber valorado nuestros recursos de afrontamiento, puede que la situación se reevalúe como mucho menos amenazante.
A nivel conductual, hablamos de las respuestas de afrontamiento que genera el organismo, es decir, todos aquellos esfuerzos que realiza la persona para hacer frente a las demandas y suprimir el estado emocional de estrés. Hablamos aquí de dos tipos de afrontamiento, el focalizado en el problema, donde se maneja o altera la fuente generadora de estrés; y focalizado en la emoción, donde lo que se regula es la respuesta emocional ante el estrés, y es donde nos centraremos nosotros.
El estrés afecta a las emociones, con manifestaciones de ansiedad, miedo, irritabilidad, confusión…, además, altera nuestra cognición, con dificultad para concentrarnos, con pensamientos obsesivos, excesiva autocrítica, olvidos frecuentes, preocupación desproporcionada, rechazo de la realidad..
A nivel conductual, encontramos comportamientos erráticos, parálisis, rechazo a relacionarnos con otros, trato brusco a otras personas, llanto, ingesta compulsiva o consumo de sustancias como alcohol, tabaco y otras drogas y,también, provoca cambios físicos, como tensión muscular, dolores de cabeza frecuentes, problemas digestivos, sudoración, inapetencia, fatiga, infecciones, palpitaciones o respiración agitada.
Desde la Psicología, disponemos de diversas técnicas de gestión del estrés que resultan muy eficaces, como técnicas de desactivación a nivel conductual, entre ellas la respiración diafragmática y la relajación muscular, técnicas más cognitivas como el mindfulness o la capacidad de centrarnos en el momento presente y la reestructuración cognitiva, para pensar de una manera más racional, y técnicas de autocuidado.
Además, cuando el contenido del estrés crónico resulta traumático, como por ejemplo un fallecimiento o un divorcio repentino, deberemos centrarnos en la sanación de heridas emocionales, a través de terapias para trauma simple y complejo